Carnicero a tus zapatos | Un cuento

Carnicero a tus zapatos | Un cuento

A sus cincuenta años, a Nicolás Pascual se le habían cerrado muchas puertas: las de la facultad de medicina, las de un empleo en la fábrica de chiles jalapeños en escabeche, las de la frontera —cuando le negaron su visa—, las del corazón de Delfina —o Nina, como Nico la llamaba—, que terminó casándose con un gringo con cara de pocos amigos. Tampoco se le habían acomodado las cosas para cumplir su sueño de convertirse en maratonista.

Nicolás Pascual heredó la carnicería de su padre, en la colonia Oblatos. Nunca había logrado aclientarse como hubiera querido, pero el changarro había prosperado lo suficiente para permitirle subsistir. De vez en cuando, tenía pedidos importantes, como el que debía entregar al día siguiente.

Aquella tarde bajó la cortina antes de lo acostumbrado. Total, ¿qué más daba una hora más o una menos? Pero, justo antes de cerrar, llegó un cliente de quién sabe dónde, pidiendo tres kilos de New York por favor, en cortes de pulgada y media, gracias… Nico resistió la idea de decirle que no, señor. Si no he podido quitarles a los gringos las tierras que nos robaron hace años, ni a mi Nina chula que se la llevó un güero sin gracia, ni el orgullo que perdí en el consulado, ¿cómo espera que tenga terrenos de New York, aunque sean de tres kilos?

No. Ese era un mal chiste. Nico se limitó a negar con la cabeza y a decirle que lo sentía mucho pero no tengo ese corte, y en su pensamiento terminó: mis clientes solo piden chorizo o hueso para el caldo, o carne para asar (de la que caiga). Y se entrega en filetes gruesos o delgados.

Si hubiera tenido un poco de voluntad, habría atendido a aquel cliente, pues, en honor a la verdad, sí tenía ese corte, pero le daba flojera despostar, a esa hora, la res entera que guardaba en refrigeración, en lugar de terminarse la espaldilla que todavía quedaba en el mostrador. Además, tenía un pedido para el día siguiente, y no podía arriesgarse a quedar mal.

Como decía: aquella tarde cerró su cortina antes de lo acostumbrado y entró en su ropero. Así le decía a la cámara frigorífica donde tenía dos medias reses. “Su ropero”. La había nombrado de esa manera, porque le parecía que las piezas de carne ensartadas en ganchos tenían un parecido con la ropa que se suele guardar colgada. Un día, cuando le contó a un sobrino aquella apreciación, este le contestó que claro que no, tío Nico. Tú estás bien loco.

Como decía: aquella tarde cerró su cortina antes de lo acostumbrado y entró en su ropero. Adentro no estaba Narnia, pero sí un mundo que visitaba con frecuencia sin que nadie lo supiera todavía. Allí estaban las dos mitades de res, colgadas una al lado de la otra, en un aparente intento de formar el rompecabezas, pero había algo más: su apreciada caminadora.

Nicolás pascual observó con deliberada atención el botón de emergencia antes de cerrar la puerta de aquél gélido lugar. El botón era la única manera de salir, si alguien se quedaba allí accidentalmente, o, en su caso, de manera voluntaria. Todo se puso oscuro. Sin ver absolutamente nada, fue hasta su caminadora, consciente de que había pasado muy cerca de las carnes que, en su curiosa imaginación, colgaban como dos elegantes esmóquines. Se había aprendido el recorrido de memoria. Se apoyó en el aparato y buscó por encima de su cabeza la cadenita del foco que había colocado él mismo. La luz amarillenta inundó la cámara.

Nico sopló y observó el vaho. Frotó sus manos; comenzaba a sentir el frío. Se despojó de sus ropas tan rápido como pudo y subió a la caminadora en calzones.

—Lamento que tengan que ver esto, señoritas.

Comenzó a avanzar, al tiempo que contaba:

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis.

Alcanzó la velocidad deseada y se mantuvo constante.

—Quince, dieciséis, diecisiete…

Había iniciado aquél excéntrico entrenamiento hacía un mes, luego de leer un artículo sobre el North Pole Marathon, el más frío del mundo. Se le había pasado por la cabeza que quizá era su oportunidad de abrirse una puerta y cumplir aquella meta tan anhelada de convertirse en maratonista. Si iba a correr en el Polo Norte, sobre el hielo y la nieve, a treinta y siete grados bajo cero y con vientos de más de cuarenta kilómetros por hora, tendría que entrenar para estar en forma y enfrentar las extremas condiciones climatológicas. La idea de la cámara frigorífica había saltado al instante, como un chispazo, y pensó que ser carnicero y tener un cuarto frío es una señal. Debo hacerlo.

—Cincuenta y tres, cincuenta y cuatro, cincuenta y cinco, cincuenta y seis… ¿Qué les parece, señoritas? ¿Creen que tengo posibilidades en ese maratón?

Nicolás pascual había conocido a las dos señoritas aquél mismo día, cuando se las trajeron del rastro municipal. Dos medias reses. Luego de engancharlas, se les había quedado viendo mientras en su rostro se asomaba una evidente confusión. Eran del mismo tamaño y tenían un peso similar. Podrían pertenecer al mismo animal, pero… ¿Y si no? Por si las dudas, las nombró diferente: Paquita y Panchita. Señoritas Paquita y Panchita. Un placer conocerlas.

Ahora, apreciable lector, le suplico pueda disculpar el giro que tomará la narración a partir de este momento; es menester, para conocer la perspectiva de Paquita y Panchita. Como bien dicen, hay que darles voz a quienes no tienen. Y estas señoritas, evidentemente no la tenían, pues les habían cortado la cabeza.

Habían llegado por la mañana a aquella carnicería de la colonia Oblatos. Cuando el hombre calvo que atendía el negocio se les quedó viendo con cara de circunstancia, tuvieron una premonición: las cosas se pondrían extrañas.

Para empezar, el carnicero había errado al ponerles nombres distintos, pues las dos medias reses pertenecían, en efecto, a la misma vaca. ¿Se llamaban Paquita o Panchita? Las dos mitades tuvieron una discusión:

—Creo que deberíamos llamarnos Panchita —dijo Panchita—, pues yo soy la mitad más importante.

—¡Qué dices? —saltó la otra—. Según tú, ¿por qué eres la más importante?

—Pues porque a mí me marcó nuestro anterior propietario. ¿No lo recuerdas? ¿Cómo lo vas a recordar, si fui yo la que sufrió el hierro caliente en la pata trasera, encima del corvejón? Sin esa marca, no tendríamos identidad.

—¡Claro que lo recuerdo! Tú y yo somos una, y también me dolió —respondió la parte izquierda, profundamente resentida—. Se te olvida que ya te quitaron el cuero y, con él, la marca. Además… yo tengo mejores razones para ser más importante —se regodeó.

—¿A sí?

—Ajá…

—Pues cuéntame.

—Yo soy la parte izquierda, el lado donde teníamos el corazón. Sin él, nunca habríamos llegado a tener vida. Por tal motivo, considero que deberíamos llamarnos Paquita —zanjó la media res a la que Nicolás Pascual había puesto aquel nombre.

—¡No seas mensa! Solo las personas tienen el corazón del lado izquierdo, ¿o también nosotras? En todo caso, ya te quitaron el corazón. Tu argumento no es válido.

De repente, ambas sintieron que no había manera de encontrar solución a tamaño conflicto existencial. Entonces, Paquita se sintió ridícula, pues estaba hablando consigo misma; con su otra mitad, pero consigo misma, al fin. Panchita hizo lo propio y se reprochó por ser tan frágil de mente, pues ¿cómo es posible que estés hablando contigo misma como si de otra se tratara?

—Trastorno de identidad disociativo —dijo una, para sí misma, pero la otra (que también era ella misma) alcanzó a escuchar.

—¿Qué?

—Eso es lo que tenemos. También se le conoce como trastorno de personalidad múltiple.

—¿De dónde sacaste eso?

—No lo sé…

En esas estaban, cuando entró el carnicero a la cámara frigorífica y se desnudó antes de ponerse a correr en la caminadora que estaba en el centro.

—Lamento que tengan que ver esto, señoritas.

Era perturbador ver las carnes flácidas del calvo rebotando como gelatina.

—¿Por qué cuenta los pasos si la caminadora puede hacerlo por él? —preguntó la media res izquierda.

La otra se habría encogido de hombros, es decir, del hombro derecho, si no estuviera muerta.

—Cincuenta y tres, cincuenta y cuatro, cincuenta y cinco, cincuenta y seis. ¿Qué les parece, señoritas? ¿Creen que tengo posibilidades en ese maratón?

Un accidente impidió que respondieran. Y, aunque lo hubieran hecho, Nicolás Pascual no las habría escuchado, porque estaban muertas. Bien muertas.

Las señoritas no supieron si por equivocación o por presumir, el calvo subió la velocidad de la caminadora, a tal grado, que no pudo mantener el equilibrio y salió disparado; con tan mala suerte, que fue a dar de bruces contra el piso y se rompió la frente.

Nicolás Pascual duró una hora inconsciente, antes de morir. La causa de la muerte la determinarán los especialistas, pero, ya sea por hipotermia o por desangramiento, así terminó su vida.

A sus cincuenta años, a Nicolás Pascual se le habían cerrado muchas puertas. Irónicamente, la que cerró él mismo (la de la cámara frigorífica) fue la que impidió que su sobrino lo encontrara a tiempo para salvarle la vida. Tan solo un minuto después del accidente, se había metido al local por la puerta de atrás. Nico le había confiando la llave para entrar en caso de necesitar carne en los horarios que la carnicería permanecía cerrada. Sacó la espaldilla del mostrador, dejó el dinero en la caja y se fue.

Este no es un final triste. No del todo. Para que pueda comprender a qué me refiero, ruego al lector, me permita cambiar una vez más el enfoque de la cámara, y ponerla en Nicolás. Dentro de su cabeza.

En la mente se pueden hacer proezas inimaginables. En la mente lo imposible puede volverse real. Nicolás Pascual estaba participando en el North Pole Marathon. No entendía por qué en calzones, pero iba feliz. Hacía mucho tiempo que había dejado atrás a sus contrincantes y ya podía ver la meta. Apretó el paso con el corazón a punto de salirse. Cuando rompió el listón, no sabía si las lágrimas eran de frío o felicidad. Una hora fue suficiente. Así rompió el récord de tres horas con treinta y seis minutos y diez segundos que había establecido Thomas Maguire en el año 2007.

Después, todo se volvió negro.

Everardo Curiel

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