Licor de melón | Un cuento

Licor de melón | Un cuento

Tapa el lente de tu cámara web. Alguien podría estar observándote. Quizá lo ha estado haciendo desde hace mucho tiempo.

Te contaré mi historia. Solo te pido que no me juzgues. Soy un buen hombre. De verdad.

Todo comenzó un día, cuando yo estaba viendo videos en YouTube, o revisando mi correo electrónico; no recuerdo bien. ¡Qué importa! La cosa es que, de la nada, la pantalla de mi laptop se puso negra, como si se hubiera apagado, parecía muerta. Lo inquietante comenzó a continuación: empecé a escuchar voces. Sí, por las bocinas. Era una mujer que hablaba muy rápido. Yo no podía entender lo que decía, se escuchaba lejana.

Quizá debí apagar la laptop en ese momento. No lo hice. Sé lo que estás pensando… No me juzgues. ¡Soy un buen hombre! De verdad.

Me quedé escuchando. La mujer dejó de hablar. En ese momento, la pantalla volvió a cobrar vida. Lo que vi me dejó más confundido. En lugar de las páginas de internet que tenía abiertas, me encontré con una habitación; es decir, lo que pensé que era la fotografía de una habitación. Luego me di cuenta de que lo que veía se estaba transmitiendo por la cámara web de alguien más. ¡De algún modo que desconozco, estaba recibiendo esa señal! Era una habitación pequeña, sin muchas cosas: una cama individual, una mesa de noche con una pila de libros encima, una silla blanca de la que solo podía ver el respaldo, y seguramente una mesa en la que estaba la computadora o la cámara que me permitía echar un ojo a aquél lugar. Las paredes de los costados eran blancas, la del fondo, verde. Me recordaba a mi licor favorito, Midori.

Te prometo que ya había decidido apagar la computadora. Pero cuando vi abrirse la puerta que se encontraba en la pared verde, me detuve.

Tenía que enterarme de lo que estaba pasando. No me juzgues. Soy un buen hombre. De verdad.

Entró una joven que no conocía. Quizá la mujer que había oído hablar hace un momento. Se dirigió hacia mí. Mejor dicho: se dirigió a la cámara. Se sentó en la silla y se quedó viendo en mi dirección. La mirada fija. Esperé que dijera algo, pero siguió callada. Parecía molesta, aunque yo no le había hecho nada. ¿Cómo lo iba a hacer si nunca la había visto?

Tendría unos 20 años. Dirás que soy un tonto, y lo reconozco, quizá lo sea, pues decidí preguntarle su nombre.

No me respondió.

Volví a preguntárselo. La voz me temblaba. Me sentía ridículo.

Siguió en silencio.

Mi micrófono estaba conectado. Tenía que escucharme, ¿no?

Comenzó a escribir. Lo sé porque escuché cómo tecleaba con rapidez. Yo escribo lento. Esto de la tecnología no es lo mío. Es más, mi computadora, la primera que tengo, la compré apenas hace un año. Me la regalé por mi cumpleaños cincuenta. Sé que suena estúpido hacerse regalos de cumpleaños a uno mismo, pero a mí me gusta hacerlo. Cada año me compro algo y lo envuelvo. Lo abro en mi casa, después de cantarme las mañanitas a mí mismo y de brindar a mi salud con un trago de Midori. Lo hago todos los años, ¿sabes? No tengo nadie que me haga regalos. No te sientas mal por mí, en serio.

Perdón, me estoy yendo por las ramas, ¿en qué me quedé? ¡Ah sí!, te decía que la chica comenzó a escribir… Quédate tranquilo, nunca recibí un mensaje suyo.

Un timbre la interrumpió. Era su celular. Contestó:

—Hola Mat, ¿cómo estás? No te vi en la uni…

Silencio.

—¿En serio? Qué buena onda. Yo sí tuve que presentar el examen. La verdad es que me fue pésimo, el profe se pasó de lanza…

Silencio.

—Sí, de hecho, le estoy escribiendo ahora mismo. Espero que me permita hacer algún trabajo extra, no quiero repetir la materia.

La conversación era aburrida, créeme. Pero había algo en ella que me inquietaba… Ese tal Mat. No me preguntes cómo… Presentí que ese chico no tenía buenas intenciones. Pobre Midori, “si alguien la pudiera advertir”, pensé, y deseé ayudarla, aunque no se me ocurría cómo hacerlo. Le puse ese nombre cuando entendí que no me escuchaba. Tenía cara de Midori. Sí. ¿No te ha pasado que ves a las personas y según sus caras sientes que le cae un nombre? A mí seguido me pasa, cuando camino por la calle —que es muy poco, porque casi no salgo de casa—. Veo a un hombre y siento que tiene cara de Pepe, o miro a una mujer y algo me dice que debería llamarse Natalia. No sé cómo explicarlo. Tú me entiendes, ¿no?

Lo sé, lo sé… Sé que debí haber apagado mi computadora, o llamar a la policía y denunciar lo que estaba ocurriendo. Pero no podía perderla de vista; ella estaba en peligro y yo tenía que hacer algo. No me Juzgues. Soy un buen hombre. De verdad.

Pasaron los días, y nunca apagué mi computadora, para no perder la conexión. Cuando no salía, ella se la pasaba haciendo tareas y durmiendo por las noches, como es lógico. Es muy trabajadora. Hubiera sido una pena que su profesor la reprobara. Un día, sin embargo, le mandó un correo en el que le informaba a su alumna que le daría la oportunidad de presentar un trabajo extra. ¿Que cómo lo supe? Pues porque ella lo leyó en voz alta y se puso a brincar en la cama. Yo también me puse muy feliz.

Creo que vive sola pues nunca entró nadie a la habitación, pero es muy sociable. Recibía llamadas en todo momento. Mat era quien más la importunaba. Era un hombre malo, podía presentirlo.

Con el pasar de los días, y prestando atención a cada llamada, supe en qué universidad estudiaba Midori. Queda a una hora de mi casa. También intuí sus horarios, basándome en sus horas de salida y llegada. Para no hacerte perder más tiempo, porque estoy seguro de que tienes que ir a tranquilizar a la muchacha, te cuento que comencé a frecuentar los alrededores de su universidad. Fue fácil encontrar a la chica: la conocía muy bien, además, la podía distinguir a lo lejos; siempre me fijaba cómo salía vestida.

No me veas así. No pasó lo que estás pensando. Siempre fui respetuoso con ella. Rara vez se vestía frente a la cámara y, cuando lo hacía, yo me tapaba los ojos para no violar su intimidad. No me juzgues. Soy un buen hombre. De verdad.

Un día la vi entrar a un puesto de ensaladas. Iba con un chico agradable. Parecía disfrutar su compañía. Entré tras ellos y me senté en la mesa de al lado. ¡Odio las ensaladas! De todos modos, pedí una para no levantar sospechas. Allí me di cuenta de que el chico era Mat. Mi corazón comenzó a latir como nunca. Yo lo podía escuchar y seguramente ellos también; me estaba jugando una mala pasada, me quería delatar, pero conseguí guardar la compostura. En un momento, Mat la besó en los labios. Ella sonrió, aunque vi inquietud en sus ojos. No sé cómo explicarlo. Tú me entiendes, ¿no? Él se estaba propasando. Decidí actuar. El resto ya lo sabes: me levanté, me coloqué detrás del chico y, con mi brazo, le apreté el cuello con todas mis fuerzas.

—¡No tengas miedo, Midori, estás a salvo!

Comenzó a gritar. Decía que ese no era su nombre. Estaba como loca. ¡Sí era Midori! No podría haberme equivocado.

Mat se resistió, pero finalmente dejó de respirar.

Oficial… Eso eres, ¿no? Tienes cara de oficial. ¿O eres alguna especie de detective? Porque si es así, te tengo que decir que ya no necesitamos tus servicios. El caso está resuelto. Midori está fuera de peligro. Mat ya no la molestará más.

Deberías tranquilizar a la chica. Yo ya me voy. ¿Podrías dejar de escribir en tu laptop y prestarme atención? Antes de irme, te lo voy a pedir una vez más: tapa el lente de tu cámara. Alguien malo podría estar observándote.

Everardo Curiel

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